PRÓLOGO | ARLEQUÍN

 



La suave brisa, que entraba por una pequeña abertura de la ventana del carruaje, le llegaba como una caricia a su rostro rubicundo.

La noche era oscura, densa, apacible.

Se removió con tranquilidad en su asiento, buscando una posición mas cómoda, sin siquiera hacer el menor ruido.

De pronto algo, un sonido, un leve susurro, irrumpió aquella quietud silenciosa que había hasta ese momento.

No estaba seguro de lo que era, por lo que agudizó el oído, tratando de concentrarse en aquella extrañeza.

Entonces lo reconoció.

Y la risa musical hizo eco en su cabeza.



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